domingo, 5 de diciembre de 2010

Si me necesitas, llámame


Entre las muchas pasiones de Martín (de las perdurables y de las otras) sobresalen su amor por los trenes, el cine y la política. El orden no es jerárquico, según el momento su energía puede estar más cerca de una de que de otra. Si tuviera que pensar en el Martín actual, creo que la política le gana por varios cuerpos al resto. Pero es algo que puede cambiar de un instante a otro sin que le genere ningún conflicto interno.

¿Por dónde empezar? Martín se crió en un ambiente familiar donde no había grandes necesidades, pero tampoco lujos. Una casa en San Cristóbal, casi en la esquina de Pavón y Pasco, fue el lugar donde creció junto a sus padres, su abuela paterna, y sus cuatro hermanos. Madre ama de casa y padre periodista, su interés por las crónicas y el registro en imágenes se manifestó desde el secundario. Martín era de los que escribía en la publicación de la escuela, y era raro que saliera a la calle sin su cuaderno y su cámara de fotos. Tenía facilidad para el relato, era rápido para encontrar sinónimos y metáforas, y siempre fue un chico lúcido, de esos que encadenan razonamientos mucho más rápido que el resto y se quedan esperando cerca de la línea de meta a que el resto de los participantes llegue. Esto le daba cierta seguridad, que algunos confundían con soberbia (incluso el propio Martín), pero que en definitiva tomaba como un rasgo más de su personalidad. Yo era uno de los que aceptaba esa faceta. Sabía que sus intenciones eran buenas, y con el correr del tiempo llegué a descubrir a ese niño pidiendo ayuda que se escondía detrás de la coraza que él mismo se armaba. Pero ese será tema de otra entrada, no de esta.

Con coraza o sin ella, Martín era un pibe al que le afectaba lo que pasaba alrededor. Sufría y se alegraba con situaciones ajenas casi como si fueran propias. Estoy convencido que se trataba de una respuesta reflejo a la fría crianza que había tenido. En esa casa donde la testosterona flotaba en el ambiente no había lugar para las demostraciones de cariño, algo que a Martín le perturbaba, y que lo obligó a salir al mundo a buscar esa contención que no aparecía puertas adentro. La escuela fue el lugar perfecto: en el aula y los patios llenos de varones no necesitaba descifrar esos códigos que ya conocía de memoria. Sólo debía esperar que se produjera esa conexión de sensibilidades para armar -sin proponérselo deliberadamente- su red de relaciones. Así empezamos a conocernos y a compartir cosas que tampoco yo hasta ese momento había compartido: las salidas a recitales, a los cines de Lavalle, o a algunas manifestaciones frente al Congreso o la Casa Rosada, que tan cerca nos quedaban de nuestras casas. No éramos los únicos, pero los dos sentíamos la ausencia si alguno no estaba.  

Un verano decidimos ir a trabajar a la costa para juntar plata. Él quería comprar una filmadora, y yo una computadora. Estuvimos tres meses trabajando en un balneario en Villa Gesell sin francos ni feriados, y con lo que ahorramos llegamos al objetivo. Fue a partir de ese verano que la relación entre los dos se profundizó hasta llegar a un punto de no retorno. Durante todo el año siguiente nos dedicamos a filmar y editar videos de aquellas situaciones que nos parecían vitales. Desde una marcha por el 24 de marzo, hasta un recital en algún sótano clandestino; desde paisajes captados desde arriba de un tren, hasta entrevistas a directores en festivales de cine. Había que registrarlo todo, acumular material, para luego trabajarlo en madrugadas de cervezas eternas frente al monitor. Sin duda fueron esos los mejores momentos de mi relación con Martín. Los que mejor me hicieron sentir y los que más gratos recuerdos me traen.

Pero, claro, la armonía no es un estado perdurable. Ese equilibrio en algún momento se tenía que romper. Y vaya si lo hizo.

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